Aunque la historia se entiende en sentido lineal en el proceso
de salvación, esto es, hubo un inicio en el tiempo y habrá un final, la iglesia
propone celebraciones que siguen un patrón cíclico, que hacen que cada año se
repitan en un eterno retorno: la liturgia es la misma, los mismos ritos, las
mismas lecturas…
Es así, como recordamos el evento central y el sustento de los
que nos llamamos seguidores de Jesucristo: La Resurrección: el jueves se centra
en la comunidad; el viernes en la disciplina y perseverancia; el sábado en la
esperanza; y el domingo en la transformación.
El jueves se centra en formar la comunidad a través del
servicio y de amor.
Las ideas centrales que se comparten el evangelio nos hablan de
que no podemos avanzar solos en el proceso de fe. Los grandes momentos de la
vida, no se viven solos, se viven en comunidad. Los nexos que tenemos con los
demás nos permiten crecer. Ellos son el espejo de nuestro propio caminar. Ellos
son necesarios en nuestra existencia. Nos enseñan, nos orientan, nos sancionan,
nos animan, nos consuelan, nos apoyan. Con ellos hacemos planes a futuro. Y es
verdad que también nos traicionan, nos dejan a un lado, se olvidan de nosotros.
Más, es la pertenencia a un grupo, a una comunidad, lo que nos hace crecer y ser
plenos.
Al tener la experiencia de una comunidad es como nace la
actitud de servicio. El interactuar con los otros descubrimos que todos tenemos
capacidades y límites. Ante las incapacidades del otro nos ofrecemos a apoyarlo,
y ante nuestras debilidades, los demás nos ofrecen su apoyo.
Es por esto que, la relación de servicio entre los cristianos,
se mide por la justicia, que hoy llamamos solidaridad y subsidiaridad. Es decir,
te ayudo sólo y hasta que ya puedes hacerlo con tus fuerzas. Sólo hasta que tú
ya tengas la capacidad de hacerlo. Sólo hasta el día en que el otro dice “yo
puedo”. En ese momento nos hacemos a un lado, pues no se trata de generar
dependencias de ningún tipo.
Sólo así se entiende el amor cristiano, como una relación
recíproca, en el que se da y recibe al mismo tiempo. En el que se ayuda y se es
ayudado. En el que se enseña al otro a ser libre, a no estar atado a sus
circunstancias.
Tenemos que afirmar que amar es una decisión. El compartir
cristiano no es una obligación sino algo decidido desde el interior. Se vuelve
un hábito, una actitud. Por lo que, tenemos que quitarle, la carga emotiva que
se la ha dado y que solamente distrae el mensaje central. El ser parte de una
comunidad y el asumir el servicio no son sensiblerías, son decisiones que forjan
el carácter de un cristiano.
Finalmente el Jueves Santo que se celebra el mayor signo de
servicio que tiene que existir en la Iglesia: el sacerdocio. Si el sacerdote no
lava los pies a sus feligreses no tiene sentido su labor. Hoy podemos afirmar
que no es el mensaje, sino el mensajero; que no es el centro de la comunidad,
sino su promotor; que no es el dueño de una parroquia sino el administrador.
Más, su labor es central para lograr que una comunidad crezca y logre ser fiel
al mensaje de Jesucristo.
Jueves Santo. Comunidad, Servicio, Amor. En ese orden se nos
invita a vivirlo. Pues primero tengo que tomar conciencia de la pertenencia a
una comunidad, en donde apoyo y me apoyan, y con ello se forjan los lazos de
compromiso decidido, que llamamos amor cristiana.
Así que la pregunta de este día es: ¿perteneces a una
comunidad?
Azrael el Testigo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario