Evangelio según San Lucas 9,51-62.
Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se
encaminó decididamente hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos
partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero
no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y
Juan vieron esto, le dijeron: "Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo
para consumirlos?". Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro
pueblo. Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: "¡Te seguiré adonde
vayas!". Jesús le respondió: "Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo
sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza". Y dijo a
otro: "Sígueme". El respondió: "Permíteme que vaya primero a enterrar a mi
padre". Pero Jesús le respondió: "Deja que los muertos entierren a sus muertos;
tú ve a anunciar el Reino de Dios". Otro le dijo: "Te seguiré, Señor, pero
permíteme antes despedirme de los míos". Jesús le respondió: "El que ha puesto
la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de
Dios".
El texto de este domingo es un texto básico usado para
convencer a un joven o a una joven para que asuma el compromiso sacerdotal o
religioso.
Sin embargo, este texto no esta dirigido a ellos, sino a todos
los que nos decimos cristianos, pues refleja la invitación a realizar un opción
radical por el evangelio, por ser discípulo de Jesús y mensajero de la paz.
Seguir a Jesús implica una nueva manera de estar en la vida. Ya
no miramos la vida desde los esquemas de la familia, o de la tribu, o del
barrio, o de la ciudad o país.
En tiempo de Jesús, como nos pasa en México, la familia era el
eje central de la vida. Se vivía para fortalecerla, para asegurar la
subsistencia de sus miembros. La visión de las bendiciones de Dios se centraban
en tener salud, tener riquezas y tener hijos, pues con ellos se aseguraba la
subsistencia personal y social. Así, los hijos se educaban para servir a la
familia.
Por lo anterior, el llamado de dejar al padre, a los muertos, a
los míos se vuelve un rompimiento con los esquemas básicos de vida, que la
familia nos enseña.
El evangelio nos lleva a ser miembros de una familia más
amplia: la de la humanidad. Y por ello, nos invita a promover que todos los
seres humanos somos hijos de Dios, hermanos de los demás y señores de la
creación. Por lo que la igualdad es un valor básico que defiende el evangelio.
Así, quien encuentra a Jesús tiene que asumir el trabajar para
todos, defender a todos, promover a todos rompiendo el esquema de mi familia, de
mi iglesia, de mi pueblo, de mi país.
Azrael el Testigo.
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