Evangelio según San Marcos 9,30-37. Al salir de allí atravesaron la Galilea; Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: "El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará". Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas. Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: "¿De qué hablaban en el camino?". Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: "El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos". Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: "El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado".
El espíritu humano tiene una tendencia natural al poder.
El poder ha suscitado la división en clases sociales a lo largo de la historia. Así como la aceptación de que el fuerte es quien tiene la razón y el débil es quien tiene que obedecer. Podemos decir, que es un esquema natural. Es la ley del más fuerte que conocemos y se vive hoy en día a nivel económico, político, cultural, etc.
Por lo que la propuesta del evangelio de este día, sigue sin caer en tierra fértil.
En la misma Iglesia se ha vivido la tentación del poder. Esto lo podemos conocer por la historia. Hay diversos momentos en que a los jerarcas eclesiales se les olvido que la sencillez, el ser pequeño es el camino. En el siglo pasado, el Concilio Vaticano II recordó lo anterior y sus ideas aun siguen sin permear en toda la estructura de la Iglesia.
Parece que Francisco, Papa actual, esta recordando que esto es una opción básica de un cristiano. Un Francisco, el de Asís, hizo lo mismo, siglos atrás.
La sencillez, la pequeñez, no es fácil, pues implica:
- Una dosis adecuada de autoestima, de humildad. de reconocimiento de las capacidades y límites inherentes en nuestra individualidad.
- Exige una dosis fuerte de autorreflexión, de silencio, de mirar a nuestra persona exterior e interior.
- Otro ingrediente es superar el afán de competitividad que se nos inculca desde pequeños. Nuestros padres quieren que seamos los mejores en lo que hacemos y muchos vivimos toda la vida con este sello en la vida, que solo vemos enemigos que vencer.
- El tercer ingrediente es recuperar la actitud de un niño: ser aprendices y disfrutar cada día. Estas dos características de la infancia nos permiten asombrarnos de lo que acontece en nuestra vida y estar expectantes por lo que se nos ofrece en el día a día.
Ser pequeños es el camino para lograr la plenitud. ¿Te animas?
Azrael el Testigo.
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