domingo, 26 de octubre de 2014

El mandato del amor es para los adultos

Evangelio según San Mateo 22,34-40. Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?". Jesús le respondió:  "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento.El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas".

Todo el evangelio se vuelve el cómo hacer realidad esta propuesta central de Jesucristo. El servicio, el perdón, el compartir, el tener visión a futuro, el desprendimiento, la actitud de confianza, la prudencia en el decir y actuar, la humildad… todos son elementos que reflejan que sabemos amar.

Ahora bien, consideramos que el amor solo lo puede hacer realidad una persona adulta.

Por lo que tenemos que preguntarnos ¿en qué consiste ser adulto?

Retomando las ideas de Marcela Belén Comastri tenemos que afirmar que los adultos debemos aceptar nuestro rol de “dadores” y renunciar al de “receptores” que hemos venido desempeñando como hijos.

Y de aquí se derivan algunas características básicas:

El primero es el sentimiento de Responsabilidad, que es el sentimiento primordial en la adultez que implica ir más allá del yo personal y responsabilizarse de una serie de personas que puedan depender de él. Tiene responsabilidad en el desempeño laboral o profesional en la medida en que va contribuyendo al desarrollo y el bienestar de la sociedad en la que vive.

El segundo es la experiencia  de la Soledad, dado que a la hora de tomar decisiones, a pesar de tener pareja, amigos y familia, es inherente al rol adulto la sensación de tener que vivir por cuenta propia y eso no nos lleva muchas veces a sentir que estamos solos frente a determinadas situaciones

El tercero es el sentimiento de Dependencia-Independencia, porque si bien es indudable que los adultos tenemos mayor independencia respecto de las situaciones que habíamos vivido hasta entonces, nos encontramos con otras dependencias mucho menos manejables que las anteriores. Por ejemplo, la normas sociales, el trabajo, los superiores, la pareja, etc…

Y la cuarta es la experiencia de Trascendencia-Intrascendencia. Esta tiene que ver con aceptar que las ilusiones de la adolescencia tenían más que ver con el deseo omnipotente que con la realidad, pero no se dejan llevar por la indiferencia o el hastío de la vida. Se buscan y plantean sus propios sentidos, descubriendo que la trascendencia no pasa necesariamente por “tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro” sino por asumir con compromiso lo cotidiano, disfrutar de los logros que han alcanzado y por los que se proponen como meta para seguir alcanzando.

El mandato central es Amar. Hay que aceptar ser adultos y con ello asumir la responsabilidad de transformar nuestra realidad y su entorno.

Azrael el Testigo.

http://www.dad.uncu.edu.ar/upload/queimplicaseradulto.pdf

domingo, 19 de octubre de 2014

De Dios o del César

Evangelio según San Mateo 22,15-21. Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?".  Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: "Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto". Ellos le presentaron un denario.  Y él les preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?".  Le respondieron: "Del César". Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios".

Este relato del evangelio ha sido usado para defender que una cosa es el mundo de Dios y otra cosa el mundo de la política.

Más, consideramos que esto corresponde a una visión parcial de la propuesta del evangelio.

El contexto es importante en este relato. La pregunta es un dilema ya que contiene dos extremos cuya opción generaría problemas a Jesús. Si decía que no era correcto pagar el impuesto, lo podían acusar de estar en contra de los romanos; si decía que era correcto pagar el impuesto, entonces los judíos lo acusarían de traidor.

Por lo que la respuesta compartida es la solución que no complica a Jesús. Y nada tiene que ver con la aplicación que se le suele dar.

Así, proponemos que lo central que este texto es precisamente saber dar respuesta a los dilemas que la vida nos propone. Un dilema es una situación en la cual, parece que solamente existen dos opciones posibles de respuesta. Cuando vemos las situaciones de esta manera, solemos sentirnos entre la espada y la pared. Y suele pasar que la decisión que tomemos, nos trae más consecuencias negativas que positivas.

Por lo que la propuesta es no centrarnos en el problema sino ser capaces de ver más allá del mismo. Lo cual, nos genera un campo de visión más amplio y con ello la capacidad de visualizar una gama más amplia de opciones.

Saber dar respuesta a las situaciones de la vida requiere la prudencia. La reflexión cotidiana, el análisis de las situaciones, la oración, el detenernos un momento durante el día… son elementos esenciales para poder hacer realidad esta virtud básica de los seguidores de Jesucristo.

Azrael el Testigo

domingo, 12 de octubre de 2014

El vestido de la fe.

Evangelio según San Mateo 22,1-14.  Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: 'Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas'. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: 'El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren'. Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados. Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. 'Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?'. El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: 'Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes'. Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.

La vida de fe se muestra como si fuera una fiesta.

Y para participar en ella tenemos que vestirnos de manera apropiada.

Nuestro vestido de la fe consiste en:

  • La confianza en Dios. Caminamos en la vida con seguridad. Si bien el miedo es natural, sabemos sobreponernos al mismo, pues sabemos que tenemos una mano firme que nos apoya.
  • La autoestima personal. Nos reconocemos como hijos de Dios y sabemos identificar nuestras capacidades y nuestros límites. Al sabe lo que podemos y lo que no podemos, nos llenamos de humildad.
  • La comprensión y el perdón. Reconocemos a los demás como nuestros iguales en capacidades y límites. Y por ello, no nos asustamos, no nos escandalizamos ante los errores de los demás. Sabemos que al ser limitados eso llevará a que se equivoquen, incluso de tal manera, que lastimen a los demás. Asumimos la opción del perdón, en razón de que este proceso nos permite ser libres de aquello que bloquea nuestro corazón y disfrutar lo que la vida nos ofrece.
  • La solidaridad y ayuda. Nos sabemos capaces de aportar a la vida. Un adulto es el que es capaz de ser responsable de sus acciones, por lo que decide aportar para que su entorno sea mejor cada día. Se sabe constructor del Reino. Y por ello, no se esconde. Aporta de acuerdo a sus propias capacidades y a las capacidades de los demás. Promueve la autonomía de las personas que lo rodean.
  • La prudencia. Un creyente sabe usar de las cosas y sabe valorar las situaciones que vive en su justa medida. Es inteligente al administrar sus recursos personales y materiales. Sabe que las cosas y los acontecimientos son para construir el Reino y vive el desapego ante ellos.

No puedo mostrar ser uno de los elegidos si mi vestido de fe no corresponde con mi opción de vida: el seguimiento de Jesucristo.

Azrael el Testigo.

domingo, 5 de octubre de 2014

Poseer o perder el Reino

Evangelio según San Mateo 21,33-46. Jesús agregó: "¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos? Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos". Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.

¿Cuales son tus frutos?

Ser seguidor de Jesucristo implica el que tenemos que generar una manera nueva de estar en nuestra vida y en nuestro entorno.

Insisto en una idea que he retomado con anterioridad: no por ir a misa o recibir los sacramentos soy un discípulo del evangelio.

Se requiere mostrar con nuestras actitudes y acciones que esto es una realidad en nuestra vida cotidiana.

  • ¿Qué tanto camino en la vida lleno de confianza  en la presencia de Dios Padre/Madre, superando el miedo natural que como seres humanos experimentamos?
  • ¿Qué tanto soy capaz de comprender a los demás y por ello de perdonar sus errores, puesto que reconozco que ellos son iguales a mí, esto es, que tienen capacidades y límites?
  • ¿Qué tanto soy “dueño” de mis pensamientos, sentimientos y acciones ante las cosas o situaciones que vivo o me dejo dominar por estas cosas y situaciones?
  • ¿Qué tanto dedico un momento para la oración y meditación que me permiten conocer mis capacidades y límites personales?
  • ¿Qué tanto aporto para que mi realidad sea mejor, no sólo para mí, sino también para mis prójimos?

Ir más allá del decir, para así poder pasar al querer y al hacer es el gran reto que como seguidores de Jesucristo hoy tenemos que asumir. De otra manera corremos el peligro de que nos sea quitado el regalo de la fe.

Azrael el Testigo