domingo, 27 de julio de 2014

Nuestro tesoro: la opción por el evangelio de Jesucristo

Evangelio según San Mateo 13,44-52.  Jesús dijo a la multitud: "El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró." El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?". "Sí", le respondieron. Entonces agregó: "Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo".

Cuando encontramos aquello que nos satisface en la vida somos capaces de centrar toda nuestra energía en ello. Es lo que se ha denominado “Misión de Vida”.

El ser humano requiere desarrollar cuatro aspectos, independientemente del camino que haya elegido, para su plenitud.

A) El primero de ellos es la Autoconciencia o Espiritualidad. Cada uno de nosotros tiene que conocerse a sí mismo (física, psicológica, emocional, e intelectualmente). Además de aceptar que es el centro de las decisiones que toma en el día a día en todos los ámbitos de su vida: desde la hora de levantarse, de dormir, de comer… hasta cómo reaccionar a los acontecimientos de la vida (alegre, enojado, triste…). Este primer aspecto es fundamental para poder ser plenos.

b) El segundo aspecto es la relación con los demás. No somos una isla. Necesitamos que los demás nos reflejen para poder saber cómo somos. Los hijos, el esposo/a, los amigos cercanos, los compañeros con quienes convivimos diariamente nos pueden mostrar las fortalezas y debilidades de nuestra personalidad. Entre más nos relacionamos más nos conocemos.

c) El tercer aspecto es darnos cuenta del momento histórico en que vivimos. Si soy un niño actuar como niño, si soy un adolescente actuar como tal, si soy un adulto, si soy una persona de la tercera edad… tengo que vivir el presente, reconociendo el proceso histórico personal y social que nos ha tocado vivir. Así, no me puedo pelear con que los niños quieran un celular, pues es lo que nuestra realidad histórica les presenta. Nunca el pasado es mejor, sino que son las personas quienes deciden cómo será el momento que viven. Si soy consciente de mi momento histórico podré enfrentar mejor sus retos.

d) El cuarto aspecto es el sentido en la vida. Es reconocer que hemos nacido para algo. Es tradicional la frase “ten un hijo, planta un árbol, escribe un libro”. Esto es, necesitamos encontrar aquello que nos motive en el día a día para seguir conociéndonos, para seguir relacionándonos, para vivir nuestra historia. La misión es el faro que nos guía en la paz y en la guerra, es el Azimuth que nos orienta hacia la meta.

Para poder desarrollarnos con plenitud existen diversas propuestas y el evangelio de Jesucristo es una de ellas. Para los que hemos hecho esta opción reconocemos que seguir las enseñanzas cristianas nos permite el desarrollo de nuestra autoconciencia, de nuestra sociabilidad, de nuestra historicidad y del sentido de nuestra vida.

Es nuestro tesoro que nos ha llevado a vender todo para no perderlo. Por lo mismo, anunciamos que, gracias a ello, estamos en el camino de la plenitud y queremos compartirlo con lo demás con total libertad de espíritu.

Azrael el Testigo.

domingo, 20 de julio de 2014

Saber escuchar

Evangelio según San Mateo 13,24-43. Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo. Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: "Explícanos la parábola de la cizaña en el campo". El les respondió: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!"

La fe tiene como base el saber escuchar.

La actitud de escuchar es la actitud básica de las personas que son discípulos.

Aun hoy, en medio de la vida visual que tenemos, las palabras siguen siendo poderosas… siguen transformando a las personas… siguen “tocando” el corazón… y es por esto que la base de la fe sigue siendo escuchar la Palabra.

La actitud de escucha significa que el discípulo:

  1. Sabe  hacer silencio tanto a nivel externo como interno. Tiene momentos en que deja a un lado el ruido de la tecnología, del trabajo, de las actividades cotidianas y tiene momentos de meditación, de oración… en donde se prepara a recibir la Voz de Dios.
  2. Sabe que es un Aprendiz de por vida. Es por esto, que reconoce con humildad que es un peregrino. Alguien que esta en proceso de crecimiento. Acepta que mientras este en esta vida siempre habrá algo más que tiene que desarrollar en su persona.
  3. Sabe interpretar los mensajes de Dios. Los signos de la presencia del Espíritu en ocasiones son claros y determinantes, e incluso dolorosos, como es el fracaso, la desgracia… más de ordinario son mensajes sutiles, tenues… en parábolas que necesitan ser clarificadas y aplicadas a la realidad que se vive por parte del discípulo.
  4. Sabe que tiene que ser testigo de la Palabra. El discípulo tiene que compartir lo que aprende y ser fiel a dicho aprendizaje.

El que tenga oídos que oiga , parece una frase simple y obvia, más en nuestro mundo actual lleno de ruido cada vez es más díficil el hacerla realidad. Por lo que la pregunta que tenemos que contestarnos es: ¿Yo sé escuchar?

Azrael el Testigo

domingo, 13 de julio de 2014

Al que tiene se le dará más

Evangelio según San Mateo 13,1-23. Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. tras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!". Los discípulos se acercaron y le dijeron: "¿Por qué les hablas por medio de parábolas?". El les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán, Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure. Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron. Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe. El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto. Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno".

 

Siempre me ha llamado la atención la frase: “Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene”, puesto que parece una injusticia.

Hoy en día hablamos de que lo justo es que a quien no tiene se le apoye de alguna manera para que pueda salir de su situación. Y hay miles de esfuerzos por lograr que la mayoría de las personas que viven en pobreza, superen dicha situación.

Sin embargo, estamos a nivel de la opción de fe, y la parábola del sembrador, que enmarca la frase, nos lo deja en claro.

La fe se centra en la confianza en Dios.

A más confianza más fe y por lo mismo más consecuencias que enriquecen la fe que se profesa.

Gracias a la fe, sé es capaz de comprender la presencia de Dios en la propia vida y por ello sé es capaz de hacer grandes cosas. La gran consecuencia es producir fruto, “ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno".

En cambio, quien no tiene fe, pierde la oportunidad de transformar su vida y de trascender, y por ello, pierde todo lo que signfica la plenitud desde la propuesta cristiana.

Así, que es clara la invitación. Se nos llama a ser de los que reciben la Palabra y hacer la opción de fé. Una opción por vivir las propuestas del Evangelio  y trascender.

Azrael el Testigo.

domingo, 6 de julio de 2014

El yugo de fe es ligero en comunidad

Evangelio según San Mateo 11,25-30. Jesús dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana".

Mucho tiempo se dijo que para ganar el cielo teníamos que hacer muchos sacrificios y subirnos a la cruz como lo hizo Jesucristo. Se trataba de sufrir.

Más, esto no es una adecuada percepción de la propuesta del evangelio, ya que no se busca el sufrimiento para ganar el cielo, sino que se propone desarrollarnos en plenitud para hacer realidad el cielo en nuestro momento presente.

Es verdad que ser testigo de Jesús implica esfuerzo, tenacidad, disciplina…

Se requiere fuerza de voluntad para dejar nuestro nicho de comodidad y, al darnos cuenta de los errores de nuestro entorno, buscar hacer algo para mejorar la realidad; se requiere esfuerzo para ser servidor y no el servido; se requiere fortaleza para estar dispuesto siempre a dar y no a recibir; se requiere disciplina para perdonar setenta veces siete, para caminar dos kilómetros cuando alguien nos pide solo uno…

Ser testigo de Jesús implica  un yugo. Más es importante no olvidar que Él mismo afirma que es suave y su carga liviana porque se basa en un principio básico de fe: se vive este yugo en comunidad.

Se tiene que recuperar este elemento esencial. Hace ya décadas, con la preponderancia de la economía sobre todos los demás elementos de la vida, nos hemos vuelto egoístas y desconfiados. Ponemos nuestro corazón en la posesión de bienes que reflejan el deseo de dominio de todo y de todos. Como diría Francisco de Asís: el principio de todo conflicto es decir la palabra mío. Tenemos años defendiendo lo mío, lo propio.

La propuesta del evangelio es que luchemos por lo nuestro, por lo que es común a todos. Y pide que comencemos haciéndolo con el prójimo, con el cercano a nosotros. Con la familia, con el vecino, con el amigo, con el compañero de trabajo.

Nos asombra que en momentos de crisis, como es una catástrofe natural, los seres humanos son capaces de apoyarse sin distingos.  Pues el evangelio  propone que esto sea algo cotidiano.

Así, ser discípulo de Jesucristo es aceptar su propuesta de salir de nosotros mismos y construir la comunidad. Y ciertamente esto requiere esfuerzo, se vuelve un yugo y una carga ligera, si lo hacemos en comunidad.

Azrael el Testigo