Evangelio según San Juan 3,16-18. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
Todo esta en creer.
El verbo “creer” viene del latín credere, que significa “poner confianza en, confiar en”. Por su parte, el verbo credere se formó con la raíz indoeuropeakerd- (corazón) y la raíz indoeuropea dhe- (poner, colocar, arreglar); de este modo, el verbo “creer” significa “poner el corazón en, poner la confianza o el ánimo en algo”. (http://josemanyanet.blogspot.mx/)
Y es, desde dicha etimología, como tenemos que recuperar el sentido original de la propuesta de Jesús.
Durante mucho tiempo, la Iglesia centro la fe en la catequesis y en la liturgía. Se trataba de aprender de memoria todas las verdades de fe para así creer en ellas. Y por parte de la liturgía se centro en asistir a los ritos sacramentales. Por lo que un buen cristiano era quien repetía de memoria los diez mandamientos, las oraciones, etc., además de asisitir a misa y llevar a los hijos a los sacramentos de bautismo, confirmación, etc.
Y se descuido el corazón en lo referente a la fe. Hace tiempo le decía a una persona cerca a mi. Si eres una buena cristiana ya que crees en Dios más no confias en Él.
Así tenemos que recuperar el verdadero sentido de creer. Tenemos que recuperar el papel del corazón en la opción de seguir las propuestas de Jesucristo.
La radicalidad de la fe cristiana surge de que es una opción desde el corazón y no desde la razón. Es una opción que nace desde lo más íntimo de la persona y por esto permea toda la vida.
Reconocemos que esta visión no es algo general que se viva en la Iglesia Católica. Más es tiempo de recuperar está visión originaria de la fe cristiana.
¿Cómo lograrlo? El camino siempre ha sido la oración y meditación, además del testimonio valiente de las propias convicciones cristianas.
Azrael el Testigo.
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