domingo, 8 de junio de 2014

El Espíritu Santo

Evangelio según San Juan 20,19-23.  Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".

El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad.

En la tradición cristiana a Dios Padre se le adjudica la creación, a Dios Hijo la redención y al Espíritu Santo el acompañamiento en el proceso para lograr la plenitud humana y cristiana.

Así,  quien actúa en nuestro diario caminar es el Espíritu Santo. Se vuelve nuestro guía en el desarrollo de las virtudes cristianas.

Para ello, nos comparte sus dones. Tradicionalmente se mencionan 7:

  1. Don de sabiduría. Nos hace comprender la maravilla insondable de Dios y nos impulsa a buscarle sobre todas las cosas, en medio de nuestro trabajo y de nuestras obligaciones.
  2. Don de inteligencia. Nos descubre con mayor claridad las riquezas de la fe.
  3. Don de consejo. Nos señala los caminos de la santidad, el querer de Dios en nuestra vida diaria, nos anima a seguir la solución que más concuerda con la gloria de Dios y el bien de los demás.
  4. Don de fortaleza. Nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades que sin duda encontramos en nuestro caminar hacia Dios.
  5. Don de ciencia. Nos lleva a juzgar con rectitud las cosas creadas y a mantener nuestro corazón en Dios y en lo creado en la medida en que nos lleve a Él.
  6. Don de piedad. Nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su Padre.
  7. Don de temor de Dios. Nos induce a huir de las ocasiones de pecar, a no ceder a la tentación, a evitar todo mal que pueda contristar al Espíritu Santo, a temer radicalmente separarnos de Aquel a quien amamos y constituye nuestra razón de ser y de vivir. (fuente: http://www.oblatos.com/)

Saber descubrir las señales del Espíritu en la vida es lo que ha guiado a las personas que denominamos santos o santas. Más que sus acciones, es su obediencia a las mociones del Espíritu lo que les permitió alcanzar la plenitud, que llamamos santidad.

Repetimos una idea básica en la vida cristiana: necesitamos momentos de silencio, de meditación, de oración… para poder descubrir los signos de Dios, del Espíritu en la vida. Al hacerlo así, podremos comenzar a vivir con mayor plenitud.

Azrael el Testigo.

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