Evangelio según San Juan 20,19-23. Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".
El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad.
En la tradición cristiana a Dios Padre se le adjudica la creación, a Dios Hijo la redención y al Espíritu Santo el acompañamiento en el proceso para lograr la plenitud humana y cristiana.
Así, quien actúa en nuestro diario caminar es el Espíritu Santo. Se vuelve nuestro guía en el desarrollo de las virtudes cristianas.
Para ello, nos comparte sus dones. Tradicionalmente se mencionan 7:
- Don de sabiduría. Nos hace comprender la maravilla insondable de Dios y nos impulsa a buscarle sobre todas las cosas, en medio de nuestro trabajo y de nuestras obligaciones.
- Don de inteligencia. Nos descubre con mayor claridad las riquezas de la fe.
- Don de consejo. Nos señala los caminos de la santidad, el querer de Dios en nuestra vida diaria, nos anima a seguir la solución que más concuerda con la gloria de Dios y el bien de los demás.
- Don de fortaleza. Nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades que sin duda encontramos en nuestro caminar hacia Dios.
- Don de ciencia. Nos lleva a juzgar con rectitud las cosas creadas y a mantener nuestro corazón en Dios y en lo creado en la medida en que nos lleve a Él.
- Don de piedad. Nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su Padre.
- Don de temor de Dios. Nos induce a huir de las ocasiones de pecar, a no ceder a la tentación, a evitar todo mal que pueda contristar al Espíritu Santo, a temer radicalmente separarnos de Aquel a quien amamos y constituye nuestra razón de ser y de vivir. (fuente: http://www.oblatos.com/)
Saber descubrir las señales del Espíritu en la vida es lo que ha guiado a las personas que denominamos santos o santas. Más que sus acciones, es su obediencia a las mociones del Espíritu lo que les permitió alcanzar la plenitud, que llamamos santidad.
Repetimos una idea básica en la vida cristiana: necesitamos momentos de silencio, de meditación, de oración… para poder descubrir los signos de Dios, del Espíritu en la vida. Al hacerlo así, podremos comenzar a vivir con mayor plenitud.
Azrael el Testigo.
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