Evangelio según San Juan 14,1-12. Jesús dijo a sus discípulos:
"No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy". Tomás le dijo: "Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?". Jesús le respondió: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí." Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto". Felipe le dijo: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta". Jesús le respondió: "Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Como dices: 'Muéstranos al Padre'? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre."
Una de las actitudes cristianas con las que tenemos que terminar es la de que los cristianos no somos capaces de transformar nuestro entorno.
En especial en México hemos cargado con una visión errónea sobre nuestro ser cristianos: por un lado la herencia de una vivencia eclesial conquistadora, que llegó a imponer su visión religiosa y que, motivó la actitud de sometimiento que como mexicanos aún mostramos. Además nos tocó recibir una propuesta de ser cristianos de sacramentos y de catecismo. Memorizar las verdades de fe y realizar los sacramentos se volvió lo central. Y por otro lado, tenemos la herencia jocobina de nuestros políticos que separan la vida pública de la vida privada o de fe. El famoso “dar al César lo que es del César” se volvió el estandarte de aquellos que veían la fuerza política de la iglesia como un obstáculo para la modernidad.
La consecuencia es que la fe cristiana, que tiene un gérmen de transformación de la realidad, no fue asumida con total plenitud por nosotros. Se nos olvido el compromiso social, el sembrar la buena nueva en las estructuras polílticas y económicas.
Por lo que tenemos que plantearnos de nueva cuenta la gran implicación que se sigue de las palabras de Jesús: todo cristiano tiene el “poder de Dios”, que nace de creer en el Padre y en nuestro Señor Jesucristo.
Y no es para ganarnos el cielo, sino para hacer realidad el Reino de Dios en este momento presente que nos ha tocado vivir.
La pregunta que tenemos que hacernos es: ¿creemos en este poder?
Azrael el Testigo
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