sábado, 19 de abril de 2014

Sábado Santo 2014. La congruencia de Jesús: vivir con esperanza.

En este año hemos propuesto reflexionar respecto de la congruencia. Como se ha dicho, la congruencia se refleja en que hay sintonía entre el pensar, el decir y el hacer.

Jesús, se lanzó a su misión, con la confianza en Dios. No podemos dejar de señalar el acontecimiento con el que inicia su ministerio: la tentación en el desierto. En ella se le pide no confiar en Dios más Él no cede ante dicha propuesta. Desde un inicio sabe “en Quien a puesto su confianza” y será congruente con su opción, incluso aceptando la muerte.

Quien ha sepultado a un ser querido, quien ha vivido el fracaso total, ha experimentado la sensación de que todo ha terminado. Es cuando parece que la muerte, entendida como el fin, como la gran enemiga de todos los proyectos, ha triunfado.

El sábado es el otro día después de la tragedia. Es el día en que se pierde el rumbo; es el día en que el peso del fracaso nos abruma; es el día en que el dolor y la tristeza se hacen presentes. Y así, lo reflejarán los apóstoles, quienes se concentrarán y encerrarán en una casa por miedo a que ellos mismos sean apresados y muertos

Más, desde la perspectiva cristiana, el sábado es el día de la esperanza.

Jesús a lo largo del evangelio nos ha invitado a que nuestra fe se traduzca en esperanza en Dios, es decir, en confiar en que el plan de Dios es más grande que nuestra propuesta personal: “Si quieres que pase de mi este cáliz, más no se haga mi voluntad sino la tuya”, “En tus manos encomiendo mi espíritu”, “Hasta el más pequeño de tus cabellos esta contado”.

La esperanza es la parte creativa de la fe. Es la que es capaz de ver más allá de lo presente. Es la que nos permite descubrir los caminos nuevos a partir de los acontecimientos que vivimos. La esperanza es la virtud del profeta.

La esperanza nos mueve a tener una visión de vida llena de optimismo. Aunque reconocemos el fracaso y el error, no nos detenemos en ellos, puesto que reconocemos nuestras capacidades para volver intentarlo. Así mismo, aunque logremos el triunfo, tampoco nos quedamos en este, puesto que sabemos que hay otras metas por alcanzar. La esperanza nos mantiene “insatisfechos” y con el deseo de seguir adelante.

La esperanza se mueve por la convicción del “ya pero todavía no”. Esto es, sabemos y conocemos la meta de nuestra vida, más como aún no hemos llegado a la misma. Reconocemos que estamos en proceso. Somos conscientes de los pasos dados, aprendemos de ellos y planeamos los siguientes. Con lo cual, tenemos que afirmar que la esperanza no es ingenua, sino realista.

Hoy,  a diferencia de los apóstoles,  sabemos  que Jesús vence a la muerte. Este hecho es la base de nuestra fe. Es lo que motiva nuestra esperanza. Es lo que alienta nuestro actuar desde los valores cristianos.

Que nuestra espera en este sábado se traduzca en una vida llena de confianza.

Azrael el Testigo.

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