Evangelio según San Lucas 7,11-17. Jesús se dirigió poco después a un pueblo llamado Naín, y con él iban sus discípulos y un buen número de personas. Cuando llegó a la puerta del pueblo, sacaban a enterrar a un muerto: era el hijo único de su madre, que era viuda, y mucha gente del pueblo la acompañaba. Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: «No llores.» Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Dijo Jesús entonces: «Joven, yo te lo mando, levántate.» Se incorporó el muerto inmediatamente y se puso a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre. Un santo temor se apoderó de todos y alababan a Dios, diciendo: «Es un gran profeta el que nos ha llegado. Dios ha visitado a su pueblo.» Lo mismo se rumoreaba de él en todo el país judío y en sus alrededores.
La oración cristiana es un elemento básico en la relación con nuestro Dios.
A través de ella, alabamos a Dios, nos hablamos de tú a tú con Él, nos reconfortamos con su presencia, le agradecemos los dones que nos concede y solicitamos la ayuda para nuestro diario caminar.
Este último aspecto parece que es el más usado en la oración. La oración para muchos es sinónimo de petición. Y esta bien… el mismo texto del evangelio nos dice que pidamos y que lo hagamos con insistencia.
Ahora bien, pedimos y pedimos, entonces ¿por qué no obtenemos aquello que pedimos?
Desde mi perspectiva la respuesta es muy sencilla. No pedimos lo que necesitamos para ser plenos, para poder caminar con tranquilidad.
Hoy en día, nuestra petición suele ser a nivel de necesidades básicas: comida, cosas materiales… y claro que además, pedimos que sean de las mejores marcas…. más, esto es signo de que somos hijos de nuestro tiempo consumista.
O bien pedimos que nos devuelva la salud corporal ante una enfermedad, cuando hicimos todo para llegar a esta situación. Hoy en día, incluso hay quien propone que el cáncer es frustación ante la vida que no se supo procesar que el mismo cuerpo busca autodestruirse.
Así, tenemos que pedir la ayuda de Dios para aquello que necesitamos para poder ser plenos; pedir aquellop para poder desarrollarnos en todos nuestros ámbitos de la vida; solicitar se nos conceda lo que sirva para hacer realidad en el día a día el compromiso de vivir como hijos de Dios, hermanos de los demás y señores de la creación.
La viuda en tiempos de Jesús era considerada como “nada” pues ya no tenía marido. Su valía estaba por el único hijo que tenía. Al morir este, la mujer se quedaba como un cero a la izquierda, dejaba de ser alguien en la vida. Al devolverle el hijo, la esta integrando de nueva cuenta a la comunidad, le reconoce su igual dignidad ante los ojos de Dios, le da el medio para que pueda seguir creciendo. Esto es, le concede lo que necesita para poder seguir creciendo en la vida.
Por lo que, tenemos que preguntarnos: ¿qué necesito para ser pleno? ¿Qué necesito para mostrar mi confianza en Dios, mi solidaridad con mis hermanos, mi prudencia el usar el mundo? Y una vez que respondas esto, entonces sabrás que pedir… y ten la certeza de que se te concederá…. esa ha sido mi experiencia personal.
Azrael el Testigo.
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