Evangelio según San Juan 14,23-29. Jesús le respondió: «Si alguien me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará. Entonces vendremos a él para poner nuestra morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras; pero el mensaje que escuchan no es mío, sino del Padre que me ha enviado. Les he dicho todo esto mientras estaba con ustedes. En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho. Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes angustia ni miedo. Saben que les dije: Me voy, pero volveré a ustedes. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, pues el Padre es más grande que yo. Les he dicho estas cosas ahora, antes de que sucedan, para que cuando sucedan ustedes crean.
Vivimos en un época en la cual nos hemos llenado de miedo y de angustía.
La escuela del tener que hemos desarrollado nos hace vernos desde fuera y nuestro mayor miedo es vivir la pérdidad en cualquiera de sus expresiones.
La imagen se ha vuelto importante, lo que muestras a los demás. Tenemos miedo de no llenar las expectativas de los demás, pues como cada día somos más públicos a través de las redes sociales, cuidamos no ser un motivo de estar de face en face o de twitter en twitter.
La economía como reflejo de la cultura del tener, nos ha llevado a considerar que la posesión es el valor más importante. Ser pobre, ya no es quien no tiene, sino quien no gasta. Y tenemos miedo de no poder hacerlo.
Vivimos con el miedo de perder aquello que consideramos como nuestro: la familia, la salud, el dinero, las posesiones, la vida. Y la sociedad ha sabido vendernos la idea que estamos presos de este miedo.
Así, el cristiano es quien acepta el regalo de Jesucristo de la paz y deja a un lado la angustia y el miedo.
Es un buen termometro para saber si somos o no fieles a nuestra fe: ¿cuántas veces te dejas llevar por el miedo?, ¿cuántas veces te dejas llevar por la confianza?
Mirar a nuestro interior y sentir la fuerza del Resucitado es una de las propuestas más fuertes y retadoras de nuestra fe.
El encontrarlo nos permite afrontar incluso aquello que parece un “mal” para nuestro mundo actual.
¿Te animas a seguir al Resucitado?
Azrael el Testigo
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