Evangelio según San Juan 16,12-15. Aún tengo muchas cosas que decirles, pero es demasiado para ustedes por ahora. Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad. El no viene con un mensaje propio, sino que les dirá lo que escuchó y les anunciará lo que ha de venir. El tomará de lo mío para revelárselo a ustedes, y yo seré glorificado por él. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío para revelárselo a ustedes.»
Es complicado hablar de la verdad hoy en día puesto que parece que lo mejor es mentir o al menos decir solo parte de la verdad.
La verdad desde la perspectiva cristiana se basa en el testimonio que se comparto de algo que se ha recibido.
Así, no estamos hablando de una verdad subjetiva, que depende de mi persona. Tampoco de una verdad científica que pueda probarse en un laboratorio.
La verdad es compartir lo que se ha escuchado de parte del Padre y que el Espíritu nos revela.
¿Qué necesitamos para escuchar el mensaje del Espíritu?
Lo primero es aprender a hacer silencio. Vivimos en un mundo de ruido. Nos asusta el silencio. Más es el dinamismo del silencio el que nos permite conocer y comprender la verdad. Es el silencio el que nos ofrece las respuestas que estamos buscando a nuestros procesos de vida. Es el silencio el que nos permite descubrir la Voz de Dios.
Lo segundo es aprender a ser obedientes. En un mundo en donde el derecho individual nos ha llevado a considerar que nada ni nadie esta por encima de nuestra persona, y que por lo mismo, la obediencia va en contra de este logro de la modernidad, el hablar de obediencia parece un contrasentido. Más, dejarse guiar por el Espíritu, comprender los signos que nos señalan el camino a seguir, es lo que asegura nuestra plenitud.
Lo tercero es arriesgarnos a ser testigos de la verdad. Darnos un tiempo para compartir con otros, las enseñanzas que la presencia divina nos permite comprender. Ser testigo es transmitir el mensaje a todos los que caminan a nuestro lado.
Asumir la verdad de la fe, es aceptar que somos hijos de Dios, hermanos de los demás y señores de la creación. Y esto nos compromete a confiar en Dios, a ser solidarios y comprensivos con los demás y a usar prudentemente de las cosas.
Azrael el Testigo.