Evangelio según San Juan 18,1-40.19,1-42. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús -pero secretamente, por temor a los judíos- pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo. Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos. En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.
Parece que toda la aventura ha terminado. Jesús yace en el sepulcro, en la oscuridad.
Es otra etapa que se hace presente en la vida de todo ser humano: el momento de oscuridad, de pensar que ya no tiene sentido seguir adelante. Y es un momento de desánimo, de perder el rumbo, de serntirnos fracasados y derrotados. Sentimos que todos nuestros esfuerzos fueron inútiles.
Y es en estos momentos cuando aparece uno de los elementos más importantes que la propuesta del evangelio nos ha lanzado: tener esperanza.
La esperanza es la segunda actitud básica de un cristiano. Sin ella, no se entiende la capacidad de ver más allá de los acontecimientos inmediatos. Sin ella no se es capaz de descubrir que en medio de la oscuridad hay siempre una luz que se enciende y nos muestra como dar el primer paso para seguir adelante.
La esperanza, el confiar en la presencia de Dios en nuestra vida, más allá de todo lo que pase, es una actitud que hemos estado perdiendo. La situación actual de violencia, de aferrarnos al dinero, al tener, nos ha llevado a perder la esperanza puesto que hemos puesto la confianza en esto y no en Dios.
El sábado santo nos recuerda la importancia de recuperar la esperanza en nuestra vida.
La imagen más fuerte de alguien que tiene esperanza es el niño que simplemente se sabe seguro en brazos de su madre, se abandona en ella. Es la sensación que tenemos que vivir desde nuestra fe en el evangelio de Jesucristo. En términos actuales, la esperanza es la base de nuestra autoestima cristiana. Es la que nos anima a probar, a conocer, a superar los retos, a ponernos metas. La esperanza es la que nos lleva, al final de cuentas, a trascender.
Nace de la fe y se expresa en la caridad. Es a partir de las certezas que el evangelio nos enseña que nuestra esperanza se nutre. Es con nuestras acciones para construir el reino de Dios en nuestro entorno, como la manifestamos.
Así, el miedo no es una opción del cristiano. Ante la incertidumbre de la vida, ante los fracasos, ante el dolor y la pérdida que la misma vida nos hace vivir, somos capaces de mantener la cabeza erguida, somos capaces de enfrentarlos por la confianza que nos da el sabernos llevados de la mano de Dios Padre.
El sepulcro es solo el fin de una etapa y el comienzo de otra. Y esto es un ciclo vital de la existencia.
Azrael el Testigo
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