domingo, 28 de marzo de 2010

Evangelio según San Lucas 22,14-71.23,1-56. Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Y diciendo esto, expiró. Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: "Realmente este hombre era un justo". Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho. Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido. Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado. Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado. Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado. Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley. Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

Todos tenemos momentos en la vida que solemos señalar como parte aguas. Hablamos de que hay un “antes” y un “después” de tal hecho.
Son momentos trascendentes que nos han marcado y nos ha señalado los senderos que tenemos que recorrer para ser plenos. Son momentos que modificaron nuestra existencia, nuestra forma de ver la vida, nuestra manera de afrontar el día a día.
Para unos, estos momentos, son hechos trágicos: un accidente, la muerte de un ser querido, una enfermedad prolongada y desgastante…. Para otros, son momentos de gloria: el encontrar la pareja para caminar en la vida, el nacimiento de un hijo, el logro de una meta, la superación de un obstáculo…
Sea un momento amargo o dulce, el parte aguas en nuestra vida, nos marca. Nos deja una señal que no podemos dejar de mostrar. Más adelante, Jesús resucitado mostrara las huellas de la cruz.
A nivel de fe, la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, es el parte aguas principal. Todo tiene un antes y después de este hecho. Es el centro de toda la vida cristiana y resume el sentido de la existencia del cristiano.
Mucho tiempo, se insistió por parte de la Iglesia en la Pasión y Muerte. Y se nos invitó constantemente al sacrificio, a la penitencia. Más, esto es una visión parcial, ya que todo tiene que terminar en la Resurrección, en la vida.
Una visión integral nos muestra que:
  • La Pasión refleja todo el proceso de crisis que tenemos que vivir ante una situación vital en nuestra vida.
  • La Muerte es el momento culmen en el que decidimos dar el paso de una manera de estar en la vida a una nueva manera de hacerlo.
  • La Resurrección es la nueva vida que hemos decidido comenzar a vivir y es lo que, al final de cuentas, se vuelve permanente en nuestro proceso de vida.
Como podemos ver, este proceso, es algo permanente en el ser humano. Es un ciclo presente, en mayor o menor grado, en todos y cada uno de nosotros.
Así, la invitación en esta semana santa, como le decimos los cristianos, es aceptar el reto de transformar nuestra persona y nuestro diario vivir, de tal manera que reflejemos al mundo que somos hijos de Dios, hermanos de los demás y señores de la creación.

Azrael el Testigo

domingo, 21 de marzo de 2010

Evangelio según San Juan 8,1-11. Como insistían, se enderezó y les dijo: "El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra". E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?". Ella le respondió: "Nadie, Señor". "Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante". Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

Un principio que el evangelio propone es la igualdad entre los seres humanos.
Si nos analizamos descubriremos en cada uno de nosotros capacidades y límites. Ambos aspectos se han desarrollado a lo largo de nuestra vida.
Unas nos han servido para enfrentar la vida de forma agresiva, propositiva, hacia adelante. Sabernos capaces nos da poder, fortaleza, confianza, seguridad.
Y parece que los límites son el otro lado, el oscuro, el del miedo, el del imposible, el de la debilidad. Sin embargo, los límites en nuestra vida también nos han permitido seguir adelante. Nos han servido para saber hasta donde podemos hacer algo, hasta donde podemos avanzar sin poner en peligro nuestros proyectos.
Como todo en la vida, el extremo es peligroso. Un exceso de poder nos hace llenarnos de orgullo y menospreciamos la vida y a los demás. Un exceso de no poder, nos lleva a refugiarnos en el miedo y en la sospecha y actuamos de forma cobarde y rastrera ante los demás.
Saber que podemos y no podemos, nos tiene que dar humildad. Reconocer que los demás también son capaces y no, nos debe de dar comprensión y perdón.
Así que, el perdón no es porque somos mejores o más buenos que los demás, sino porque refleja la conciencia personal de que también se tienen elementos que requieren comprensión y perdón.
Perdonar es un acto de humildad y comprensión, que sólo quien es fiel a Jesucristo, puede hacer realidad.
El equilibrio en la vida es fundamental, el poner en la balanza nuestras capacidades y límites para avanzar en la vida es un arte que todos tenemos que cultivar con la confianza en Dios y con el apoyo de los demás seres humanos que nos rodean

Azrael el Testigo.

domingo, 14 de marzo de 2010

El Dios de los que nos decimos cristianos

Evangelio según San Lucas 15,1-3.11-32.  El joven le dijo: 'Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo'. Pero el padre dijo a sus servidores: 'Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta. Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

¿En dónde queda el Dios justiciero que tanto nos enseñaron en el catecismo? ¿Dónde está Aquel que estaba listo para el castigo a la menor provocación?
Ese Dios no existe. El único Dios verdadero, es el Dios de Jesucristo, quien sabe más que nosotros que somos débiles y que tomamos decisiones equivocadas.
Más, este relato nos muestra el verdadero rostro de Dios: dador, comprensivo, amoroso. Quien ve el corazón más que nuestras acciones, pues sabe que todas las acciones negativas que podemos hacer, no son en contra de él, sino en contra de nosotros mismos.
Este Dios es la base de nuestra fe. Es el Dios que nos permite ser nosotros mismos, que nos anima a buscar nuestras respuestas (aunque estas búsqueda nos lleve a alejarnos de Él), que nos anima a la aventura y que nunca nos detiene en nuestro caminar (aunque sepa que podemos tropezar).
Alegrémonos como dice el relato, no porque hemos vuelto a la casa, sino porque tenemos un Dios Padre que siempre está esperando nuestro regreso y está dispuesto a hacer fiesta por nosotros.
Es el Dios de nuestra fe, Quien nos llena de confianza, de paz y alegría.
Azrael el Testigo

domingo, 7 de marzo de 2010

La capacidad de reconstruirse

Evangelio según San Lucas 13,1-9. Les dijo también esta parábola: "Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: 'Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?'. Pero él respondió: 'Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás'". Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

El ser humano puede reconstruirse. Tenemos la capacidad de volver a retomar el camino para poder ser pleno.
Somos herederos de un visión fatalista de la vida. Solemos estigmatizar nuestra vida y la existencia de los demás. Si alguna vez cometemos un error, cargamos dicho acto para toda la vida. Y si dicho error es visto por otras personas, ellas se encargan de recordarlo a la primera oportunidad. O bien afirmamos que no podemos modificar aspectos de nuestra conducta, ya que “así es como nos ha dado resultado” y además, “así somos felices”.
La propuesta de este día es tomar conciencia de que podemos reconstruirnos. Volver a ser aquello que nos movía desde un inicio. Retomar el sueño. Comenzar a abonar el terreno para lograr lo que anhelamos. Comenzar a construir una vida plena en todos los sentidos.
Nuestra mente, salvo en caso de enfermedades ya detectadas, puede generar nuevas conexiones neuronales, que le permiten aprender nuevas maneras de estar en la vida. Por lo que no es nuestra constitución fisiológica quien lo impide. Hay miles de ejemplos de personas que, aun con limitaciones, han logrado alcanzar lo que se han propuesto.
¿Cuál es el obstáculo? Como dicen por ahí, el problema es lanzar la primera piedra, dar la primera brazada, hacer la primera caminata, subirse de nuevo a la bicicleta, abrir el libro… el iniciar es siempre el momento difícil, ya que nos movemos en la vida mediante hábitos. Una vez que comenzamos, la acción nueva comienza a ser parte de nosotros y con el paso de un tiempo corto, parece que eso que comenzamos es algo cotidiano a nuestro ser.
¿Hacía dónde va tu existencia? Eso sólo tú lo sabes, más, la invitación del evangelio es que camines a la plenitud de vivir como hijo de Dios, hermano de los demás y señor de la creación. ¿Cómo puedes saber si lo vas logrando? Tus frutos reflejan confianza, solidaridad y dominio.

Azrael el Testigo